
Mientras estaba sentado mirando al mar en una playa (en Palos de la Frontera, junto al Peñón de Gibraltar), donde había miles de conchas y otros millones de trozos de las mismas, casi sin darme cuenta y recibiendo la energía de las olas del mar comencé a seleccionar trocitos de conchas. Las más llamativas eran las blancas. Y allí me encontré a mi mismo como cuando practicando aikido te encuentras con tus potenciales y limitaciones. Y me encontré seleccionando trozos, los más bellos, como cuando realizas una técnica y la quieres perfeccionar eligiendo tus movimientos y poniendo tus sentidos. Así me encontré en la playa, poniendo todos mis sentidos en la selección de un trocito cada vez más llamativo. Y todos eran distintos, como distintas son las acciones aunque la técnica tenga el mismo nombre. Cada trozo tenia su forma peculiar, intensidad y peculiaridad y no podía elegir la más perfecta. Como cuando estás practicando en el dojo y defines, te entregas o simplemente realizas de nuevo, en tu camino particular, como una ola redondea los trozos de concha. Y cuando me di cuenta me encontré a mi mismo, me encontré siendo ola, me encontré agrupando todos los trozos como si sintiera poseerlos cuando realmente forman parte de la playa, y me di cuenta de cada trozo de concha era un millón de granos de arena y que el movimiento de las olas, como el movimiento del aikido harían -junto al tiempo- el trabajo. Sólo es eso, saber ser ola, recoger trozos de concha, convertirlas en arena y devolverlas al mar.










